Cuadro: Navegar por navegar. (2002). Miguel O. Menassa.
El Fetichismo
En el curso de los últimos años tuve la
oportunidad de estudiar analíticamente a cierto número de hombres cuya elección
de objeto estaba determinada por un fetiche. No se ha de suponer que dichas
personas hubiesen acudido al análisis debido a esa particularidad, pues los
adeptos del fetichismo, aunque lo reconocen como anormal, sólo raramente lo
consideran como un síntoma patológico. Por lo común están muy conformes con el
mismo y aun elogian las ventajas que ofrece a su satisfacción erótica.
Generalmente, pues, el fetiche aparecía en mis casos como una mera comprobación
accesoria. Razones obvias me impiden publicar detalladamente las
particularidades de estos casos, de modo que tampoco podré demostrar de qué
manera la selección individual de los fetiches estaba condicionada en parte por
circunstancias accidentales. El caso más extraordinario era el de un joven que
había exaltado cierto «brillo sobre la nariz» a la categoría de fetiche. Esta
singular elección pudo ser sorprendentemente explicada por el hecho de que
había sido criado primero en Inglaterra, pasando luego a Alemania, donde había
olvidado casi por completo su lengua materna. El fetiche, derivado de su más
temprana infancia, debía descifrarse en inglés y no en alemán: el Glanz auf der
Nase («brillo sobre la nariz» en alemán) era, en realidad, una «mirada sobre la
nariz» (glance = «mirada» en inglés), o sea, que el fetiche era la nariz, a la
cual, por otra parte, podía atribuir a su antojo ese brillo particular que los
demás no alcanzaban a percibir.